A ella le encantaba que le metieran mano los tarados, mientras que a mi me manoseaba el cerebro: que reputa se había vuelto mi cabeza que buscaba el placer en los lugares menos apropiados. Solía decir que los príncipes no existen, aunque a menudo y a la vista de los miopes, hechizaba la lengua con la que me atragantaba cada vez que me reía de su risa. Era joven y audaz, galopaba a rienda suelta y no se preocupaba del peligro, como si entendiera que aquella era la única forma en que vale la pena ser peligrosa. Abajo de mi pelo, le guardaba...