Tenía clavado en la mente aquel mito de la mujer sin rostro, esa que se encuentra en una permanente posición de espalda. Siempre soñaba con ella. Siempre se le colaba entre sus ideas aquella imagen que representaba duda, intriga. Parecía una no-puja constante: ella no pensaba mostrarle el rostro si él no se lo pedía -vaya a saberse el por qué estaba formulado su mito de esa manera-, y él quería que ella mostrara su cara sin necesidad de pedírselo; puro orgullo o cobardía decantaban las voces en su cabeza. Y así transcurrieron unas cuantas semanas,...