Porque cuando la tristeza intenta colmar la vida, el corazón nos enseña que lo mejor que nos queda es cantar, porque con cada canto renunciamos al miedo del fusil enemigo. Porque el perdón es más difícil pero también más grande que el rencor. Porque perdonar es amar, y amando es la única forma de vivir. Porque en Chichicastenango aprendiste que podías ser feliz porque nos dejabas una canción y nosotros que una canción nos bastaba para ser felices. Porque recordamos que no hay mayor sabiduría que la alegría. Que no hay fronteras solo hermanas y hermanos. Y por eso a pesar de todo hoy juntos cantamos que este es un nuevo día para ser feliz.
Abrí los ojos, sabía que iba tarde pero sin embargo salí de casa bajo la amenaza de lluvia y las contradictorias miradas que se lanzan al intentar locuras. Era loco lo sabía, pero resultaba demasiado tentador el hecho de transgredir la seguridad que los permeaba. El jardín resultaba una imagen peligrosa e incoherente y fugaz e ingeniosa que acabó por recordarme la vida. Las gotas de agua colgando parecían la música que llena las constelaciones ansiosas por posarse en aquel verde bohemio luego de haber sido transportadas por el veloz y sutil...
Ahí estaba la oportunidad, así que me elevé: la belleza del paisaje me obnubiló. El riesgo de morir nuevamente era alto, pero valía la pena. Todo parecía tan pequeño y sin embargo era un mundo inmenso, presto para ser tomado. De repente esa sensación de vértigo se precipitó hacia mis vísceras, subió a los aposentos que guardan el aire y me cortó la respiración justo antes de que le hubiera dado el primer mordisco al mundo haciendome caer en cuenta que todo había sido un sueño; todavía me encontraba encerrado en el capullo sedoso junto al miedo volátil que me hacía rasgarlo para escapar hacia lo imposible.
Siempre me veía, o al menos eso creía yo. Cuando estaba ahí. Sí, ahí sentado viendo el vacío, o al menos eso creo que pensaría que estaba pensando yo. Nunca quise creer lo contrario porque hubiera sido atroz; ya sabés por eso que dicen que todo es transitorio; pero que le vamos a hacer… Los premios, la gloria, los chismes de siempre; y de repente las manos me crecían, los pies se alargaban, era como un lobo, porque me estaba transformando en lobo –en lobo de mar imagináte-. Y siempre la nocturna, el viene y va, el sinsentido, todo podía pasar y yo me lo imaginaba. Pero casi siempre todo lo detenía, justamente cuando comenzaba a convertirme en uno de esos animales que se ve por la tele, y probablemente deben existir en otro lugar o en otro planeta –porque la tele no miente, incluso cuando la enfocaban y embelesado como un idiota dejaba que las pupilas la atraparan hasta el verano siguiente-.
Pero bueno, todo era cierto hasta que me golpeaba la razón ¿o sería al revés? Siempre ignorante. Y los amigos y cuentos de siempre; de un lado a otro nos llevaban, como las nubes cargan a la lluvia y esta se suspende en la gravedad hasta que toque el suelo, ese suelo infame que devuelve a la realidad. Otro año en la vida de los minutos que son como hormigas ¿y cómo medirán el tiempo las hormigas? Seguramente lo miden por lo que hacen, y por eso son más inteligentes que yo. Sentado la veía, las cortinas de su cuarto anunciaban otra cosa, y yo era un miope infiel ¡cobarde, embustero, genio! Era lo que se me ocurría cuándo alzaba la vista y no la veía. Pronto aparecerá, estoy seguro. Pero el calendario era cruel y ya había pasado, otro mes, otro fin de semana y siempre incompleta. Andá, salí, que allá afuera está la Luna aguardándote hasta que otro se la robe.
Nina recién se había desprendido del sostén dejando al descubierto sus pequeños senos mientras que los tímidos pezones apuntaban a la cara de Martín. Este a su vez corroboraba que aquel par de tetas no coincidían con las que había visto en revistas y películas porno ni tampoco se sentían como había imaginado. Son pequeñas y suaves: son impresionantes pensó, al momento que rozaba levemente aquella aureola del seno derecho con la punta de sus dedos. Nina río; quizá no tanto por las caricias involuntarias, sino posiblemente por la expresión de Martín, que no era otra que una mezcla de curiosidad, fascinación y evidente excitación.
- ¿Lindas eh?- dijo Nina, mientras contenía su risa. - Son tetas, no naranjas. Martín había ejercido una leve presión pero al escucharla, salio enseguida de su ensimismamiento con una risa un tanto ruidosa que terminó por contagiar a Nina de alegría. La mirada de ambos se encontró, dándole la impresión a Martín que aquel momento era el más feliz que había vivido. Nunca te despeinás, alcanzó a escuchar cuando sus manos torpes rodeaban la desnuda cintura de Nina. Luego todo el recuerdo parecía desvanecerse entre sonidos ininteligibles.
Dieciséis años desde aquel entonces la situación de Martín no podía ser más antagónica: hambriento, su pierna izquierda se podría, sudaba a causa de la fiebre contraída y se encontraba solo. Alcanzó a arrecostarse en las raíces descubiertas de uno de los tantos árboles que poblaban aquel espeso bosque. Estaba consciente que la muerte lo esperaba de manera inevitable, respiró de manera profunda aunque entrecortada, y fue entonces que el temblor de sus manos le recordó aquel momento vivido con Nina.
Sus últimos pensamientos se dirigieron de manera armoniosa y automática hacia aquel instante en que el mundo se había abierto para verlo renacer. Con que así es, se repitió en aquel momento mientras pasaba la torpe mano derecha por su cabello, como si intentara peinarse por última vez. Un reflejo le esbozó una sonrisa, y aunque fijos, sus ojos se clavaron en las hojas que caían de manera perfecta.
Resultaba un día caluroso de Junio, la luz de las nueve y treinta de la mañana se abría paso a través de la ventana entreabierta para que una vez adentro de la habitación, se quedara suspendida danzando con las partículas de polvo que flotaban a su encuentro. La mezcla de olores que despertaban, llenaban aquel cuarto dando la sensación de cierta armonía característica de los sábados matutinos. El perfume todavía impregnado en la ropa y aquella sensación de frío en la cerámica insistían en conjuntar el almizcle que emanaba de las personas que recién amanecían. Un cuadro apacible y mudo que horas antes se contrapuso con silencios agujereados por los jadeos y el sonido que dejan los cuerpos cuando se rozan. El sudor despedido se confundía y se acomodaba bajo la piel de las espaldas, los pechos, los muslos, las manos y el sexo, los rostros y el pelo, los dedos y todas las demás partes que habían sido testigos presenciales del desborde hormonal de ambas personas que yacían ahora separadas y con los ojos abiertos pero con un aparente espasmo que agarrotaba las lenguas e impedía hablar.
Miró su reloj y las cuatro y treinta de la tarde golpearon su impaciencia que insistía en reflejarse a través del bamboleo de su pie derecho que no cesaba de moverse vertiginosamente. Volvió a mirar el reloj de pulsera y por enésima vez hizo los cálculos propios a los husos horarios <<Si aquí son las cuatro y media, allá son las nueve y treinta>> se repitió mientras su vista se perdía en el ventanal que tenía enfrente. Era evidente que Cecilia se había retrasado una hora, cosa que no pasaba por alto para Jorge, quién siempre había disfrutado la sobrada puntualidad de su prometida.
-¿Y a partir de ahora qué pasa?
- No sé - respondió una risueña Cecilia, para luego agregar - Pero sé que hoy no me quiero casar.
Bruno frunció el ceño para luego acometer diciendo.
-Eso es hoy, pero mañana..
Mañana, pasado mañana y todos los días que hayan de llegar, interrumpió una Cecilia que ahora se tiraba de espaldas en la cama de Bruno.
Mientras tomaba las llaves de su apartamento con cierta preocupación; quizá la misma que suele acompañar como sombra a la conciencia; temiendo la posible respuesta de aquella mujer, Bruno se decidió preguntarle del por qué de la drástica decisión de dejar a su amigo Jorge.
-Hoy confirmé que no estoy dispuesta a perder toda la libertad de divertirme y gozar con quién quiera y cuándo quiera -. Y tirándole un beso sonoro acompañado de una risa de niña juguetona se despidió de un Bruno que salía por la puerta.
Y mientras aquel hombre cruzaba el umbral que daba a la calle con una evidente seriedad, y Jorge amasaba preocupaciones que explicaran el por qué Cecilia no había contestado el teléfono; ella ahora reía y bailaba con los resquicios de polvo que iluminaba el Sol de las diez y treinta de la mañana a través de una ventana abierta de par en par.