09 mayo, 2013

El último presente


 La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante.  
 S. Kierkegaard



Los minutos transcurrían como si nada les importase. Desde el momento de su llegada, la desolación se había ido apoderando de su interior, y a medida que la noche se expandía, el nudo en la garganta formaba un compás sincronizado con los atribulados pensamientos que le cruzaban por la mente; cada minuto era una lucha constante por disfrazar la expresión en el rostro. Ahí estaban ambos, tan cerca pero alejados por las circunstancias, en silencio. La pesadumbre de la muerte sentimental la hacía bajar a menudo la mirada. Había pasado tanto tiempo y sin embargo el olvido se había detenido en algún momento, como si se tratase de un ser implacable que por alguna extraña razón decidió conceder esa benevolencia a un individuo que siempre se resistió a ser consumido por el terrible destino de asesinar su propia bondad. Era una escena extraña y ambigua, era necesario hablar y sin embargo ambos callaban, impertérritos y ajenos a la voluntad de un destino escrito por las decisiones que se habían tomado. 
Él no había podido dormir, el desvelo del desenlace asustó al sueño, y así cuando por fin amaneció y el Sol gentilmente le anunció la llegada del día a través de las cortinas abiertas, la intranquilidad de la vigía anterior fue disipándose. Salió con la intención de tomar el desayuno en la cafetería contigua al parque y alejarse de aquel apartamento que amenazaba con estrechar sus paredes hasta consumir la cordura que le quedaba. El día transcurrió con él sentado en una banqueta leyendo a Maugham. Al aproximarse la hora que había pactado a si mismo para llegar a verla, el fantasma del pasado acució sus manos, y la pesadumbre de la desesperanza combatió largo tiempo con la certeza de lo que debía hacer; y así fue como con el paso firme y elegante que siempre lo habían caracterizado, haciéndolo sobresalir en un mundo en donde la elegancia y el temple parecían pertenecer a otra época, tomó rumbo hacia la casa de ella; ubicándolo en el sillón donde ahora pertenecía en silencio.
 No había preparado ningún discurso, no hubiera servido de nada. Fue un misterio cuánto tiempo pasó, cuántas palabras murieron por el silencio, se pudo hacer más, quizá, pero la realidad no acepta condicionantes, es lo que es. Lentamente él extendió la mano como si le estuviera proponiendo un baile, ella lo miró y sonrió de tal forma que la línea deliciosa de sus labios se resquebrajó al pensar en el futuro obcecado que le deparaba. La mirada lacónica que él mantuvo fue suficiente para comprender que la vida no encuentra redención en los amores de quienes huyen de las oportunidades. Era la brevedad de aquel presente la que estaba sentenciando el futuro de ambos, fue la mirada de anegada en lágrimas de ella la que lo hizo comprender lo vano de su intento.Al cerrar la puerta de la casa, ella comprendió que el hombre que se alejaba era sólo una sombra, el verdadero se hallaba sin vida en el sillón ahogado por todo que ella no se permitió escuchar, ajusticiado por su futuro, intacto por el pasado de ambos. ¿Cuánto dura el presente?  se repetía ella constantemente, mientras el tiempo latía al ritmo de los pasos de él bajo las decadentes luces de la ciudad.

06 mayo, 2013

Conciencia


El tiempo no fue suficiente, nunca lo es. El tiempo es un maricón.

La narración objetiva de los hechos no puede existir cuando la subjetividad que separa la locura de la cordura, la fantasía de lo que pudo ser de la realidad de lo que se representa ante los ojos de todos termina por consumir el tiempo dentro del pequeño universo que representan las imagenes de los recuerdos. Es la eterna tragedia de la humanidad, su eterna condena, el nacimiento y la muerte de todo lo que sobrevive, de las historias y de los futuros siempre encadenados al árbol del presente carcomidos en la mayoría de veces por los pasados; pues las muertes aguardan , al igual que las vidas, y el sufrimiento contemplativo aguarda mientras juega una partida dramática con la esperanza. Lentos transcurren los minutos. Decadentes segundos llenos de costumbre y sin ningún propósito. Es la intensidad de la resistencia humana, de su sufrimiento y su posible redención la que obliga al personaje a permanecer acostado contemplando la nada con ojos cerrados. Todos los días muestran la misma identidad. Ya no hay preguntas, la necedad de estas ha terminado por desgastar la búsqueda de respuestas sin sentido. La realidad es lo que es, el eterno ciclo lleno de variantes que culminarán con el mismo final. De pronto el personaje parpadea con los ojos cerrados, está consciente del oximorón que envuelve al tiempo y de su naturaleza infinita e ineludiblemente tan corta. La crueldad de su tragedia es la que a su vez la hace tan hermosa. Ha vivido en un limbo, estancado, inerte, sin propósito de continuar. Piensa en cuan poderosa es la tentación de seguir contemplando el drama. Es un mundo de reflexiones, una realidad etérea. ¿Qué significa esto?  Sus labios reproducen una mueca. Son las muertes se responde. Es la conciencia de la lucidez y su perpetua angustia. Estos dolores y recuerdos eran míos piensa mientras apoya una mano en el suelo para levantarse. Son vidas fragmentadas, viajes sin retorno, dolores como bultos y olvidos como brisas que queman. Todo ha cambiado. Es el milagro de la muerte, su transformación y así, la posible contemplación y continuidad de la vida. De pie y todavía ciego ante el mundo, finalmente ha abierto los ojos. Todo es igual en su diferencia.

25 febrero, 2013

El carácter de la lucidez


La primera muerte ya había ocurrido, el orden se había alterado. A sus 37 años había tenido que soportar el peso de cargar con la muerte de todos aquellos que la conocían, era la última barrera que se interponía entre el olvido inclemente del tiempo y su propia historia, su vida. Durante el transcurso de sus días, había tomado decisiones equivocadas, haberse guardado palabras que se acumulaban en su memoria y nunca encontraron a tiempo los oídos de su madre mientras esta con ojos fijos y tomada de su mano dejaba la vida a merced de la muerte, del nudo en la garganta al no considerarse capaz de consolar al amigo,  haber escogido a tardíamente entre el amor de su vida y el miedo que muchos llamaron seguridad -siempre el tiempo como un incansable necio a largo plazo regresa para atormentar con recuerdos de lo que pudo haber sido-. El desierto de la vida se volvía a ensanchar ante su vista fija en las puertas de su ciudad. Como resultado de los acontecimientos, hacía tiempo que había tomado por canon que la vida no era un paraíso, en su totalidad no era mala, sino indiferente, lo que podía resultar incluso agónico; giraba continuamente sin detenerse en las viscisitudes de cada quien. El amor por todos aquellos que tocaron su vida, siempre fue la pequeña ventana que recibio de forma espléndida los pequeños detalles que dieron sentido a todo, o al menos la forma en como se inclinó la balanza entre lo desdichado y aquello que valía la pena, no en cantidad sino en calidad. Ahora como custodia de su propia vida, cayó en cuenta de la bifurcación de caminos que se le presentaban; languidecer con la historia olvidada o sujetarse a la última vida que le quedaba, la que se evidenciaba en la respiración que inflaba su pecho, como si esperase la oportunidad para salir con coraje -el mismo que forma carácter- a enfrentarse a si misma. Empujó las puertas del infierno y echó a andar, con nada más que la experiencia que cargaba a cuestas, con la dificultuosa tarea de vivir consigo misma hasta que su segunda muerte la encontrara finalmente, de pie y decidida a no ser un cuerpo más que cae en el olvido de las arenas de la vida. Su historia sería la búsqueda de su propia vida y al intentar conseguirlo, la inmortalidad de los titanes que guardan los sueños de la humanidad la encontraría al final de todas las eras descansando en el Elíseo de las pequeñas y más valiosas cosas que guarda celosamente el infinito intermedio de la vida y la muerte.

19 febrero, 2013

El catalizador de la muerte


Caminaba a toda prisa, como se huye de la propia sombra, como si pretendiera huir de sus pensamientos; el murmullo de las hojas de los árboles que bordeaban el camino tomaba la forma de todos los reproches que giraban en su cabeza, los errores, el futuro empeñado, el amor y la muerte, la invariabilidad de la vida y ahora sólo le quedaba la angustia de cada paso, el roce de la esperanza y la crueldad anunciada  <<Esta vez sí...>> se repetía.
Atrás había quedado su papel de cuervo, de portador de noticias cuyo decadente vuelo hallaba su razón de ser en la hora que el día todavía no ha muerto y que la noche todavía no ha nacido, la hora de la incertidumbre en que la luz se escabulle para empezar a darle paso a la oscuridad que ahora envolvía a ese heraldo que contemplaba como se empequeñecía con la distancia aquella mujer que corría con desespero, como un animal atormentado por sus miedos. Todo iba reduciéndose al silencio que se acrecentaba como el espacio que los separaría para siempre a ella de él. Mi condena está finalizada,su muerte apenas empieza, todo es final, pensó.
Sentado en dirección al lugar en que la Luna solía iniciar su ascenso como astro que había observado con paciencia el desarrollo de los hechos, como siempre lo había hecho durante todo aquel drama de circunstancias, cauta y sin prejuicios, girando sobre si misma como si fuera recordatorio del tiempo, de las estaciones, del inicio y del fin de las etapas que acontecieron en la vida de aquel hombre que sin moverse se había percatado que la desgracia una vez más lo había encontrado, siendo posiblemente esta, la cicuta del último reducto de esperanza que todavía respiraba bajo aquellos ojos teñidos de oscuridad. - La tempestad de mi vida nunca se acalló hasta los sucesos que me hicieron caer en esta cortina de humo, ahora cerca del fin esta espesa niebla que me aquejó, ha desaparecido y puedo recordar la historia de mi decadencia, la desdicha de mi vida. ¡Maldita sea la lucidez que regresa al final sólo para perturbar la apacible dicha de mi ignorancia!- dijo con voz queda, para luego volver a a repetir como solía hacerlo <<Esta vez sí, esta vez sí...>> 
La noche tomó forma, la Luna ya no era Luna, era una sombra de lo que había sido; el ciclo iniciaba una vez más, y las historias se consumían en la espesura de las sombras que proyectaban los resquicios del amor y la muerte, de la invariabilidad de la vida, de la crueldad del ciclo inminente <<Esta vez sí, esta vez sí...>> murmuraban otras historias <<Esta vez sí...>> imploraba con agónica voz la esperanza. El cuervo finalmente había levantado vuelo harto de su maldita labor, ella estaba cerca como siempre <<Esta vez sí, esta vez sí...>>, él en su desespero inmutable sería consumido por la muerte del amor; <<Esta vez sí>> terminó por exhalar.

10 febrero, 2013

Prólogos de la nada


Al construir un prólogo, nos debemos más que la posible historia final, 
algo como el sibilino placer de la experiencia en si misma...

Bajo el estribillo que inventa el artista, se esconden la verdaderas historias, las que no tienen nombres, las anónimas y que posteriormente pasarán a formar parte del largo historial de tragedias que persisten en la ideario de las personas ordinarias. El artista distorsiona, manipula, y con el egoísmo del que no debe desprenderse, simplemente retoca la versión que le han proporcionado, la dota de su esencia, de sus complejos y virtudes; de esta manera, para cuando ha iniciado la labor constructora de su obra -a base de algo tan ajeno y propio como esas Ideas-  ya se ha gestionado una transferencia de pasiones. Aquel artista ha sido absorbido por su obra, y esta última no puede librarse de su creador pues le necesita para ser finalizada. 
Parasitismo creativo, fue el nombre con que denominó aquel proceso el protagonista que inició su autodestrucción trascendental al convertir en historias todo lo experimentado, tanto personalmente como de forma ajena... Despojarse de si mismo era todo lo que necesitaba, matar su yo para ser ajeno a todo lo que haría y así alcanzar la cumbre de todo lo que alguna vez soñó.