14 agosto, 2012

08 agosto, 2012

Imaginación descriptiva

Con mirada fija sobre el gato que se postra al lado de la ventana para recibir los rayos de luz que despuntan al amanecer. Parece un gato reptil, tiene sangre fría, como yo. Quizá yo también debiera apostarme al Sol. Prende el segundo cigarrillo del día, son las seis de la mañana, todavía en ayunas y el gato continua inmóvil y con los ojos cerrados aunque despierto, atento a los sonidos que se filtran desde el exterior. Es marrón, marrón oscuro el color de la silla sobre la que él reposa. Ya se cuentan dos días en los que no sale del cuarto, come pero no duerme, orina y defeca en el baño que añadió hace cinco meses al cuarto en el que permanece. El olor que desprenden las páginas que conforman los libros y folletines, alcanza a llenar toda la estancia; es lo nuevo y lo viejo, el inicio y el roce de la muerte, son tantas vidas atrincheradas en historias hechas papel y libertad. El gato se mueve, contempla a su amigo sentado y ambos se miran. Uno tiene paciencia mientras el otro desespera ante aquel apacible instante. El felino se estira y se lanza al suelo, con movimientos elegantes camina al frente del hombre y le muestra una sonrisa. El desespero se acerca casi de forma inexorable al hombre; no disfruta de la imagen que representa ahora la vida en ese mismo instante. El gato toma finalmente el lápiz y comienza a retratarlo. El viento sopla a través de la ventana y de un momento a otro todo se convierte en imaginación.

02 agosto, 2012

Alteración

Mirada curiosa. Ávida de descubrir secretos o minucias que otros no podían o simplemente no les interesaba observar. Primer parpadeo. Una historia inventada sobre el niño que entabla conversación con su vecino mientras esperan el autobús. Cuarto parpadeo. La mujer de azul  y tacones altos cruza corriendo la calle; pasa al frente suyo con prisa pero nota que el broche pegado al lado derecho de su camisa responde al nombre de Mirna. Quizá sus padres se arrepintieron de haberla inscrito con ese nombre o se le olvidó quitarle aquella placa de metal al uniforme que le presto la verdadera Mirna: ella no tenía nombre. Él era un psicópata, no; debía ser un pobre diablo que no le gusta viajar en transporte público y se limita a observar de manera extraña a los demás. Al menos eso pensaba la mujer que lo miraba de una manera semejante a como él observaba a los demás. Ambos pares se encontraron. El la notó. Ella ya le había inventado dos vidas. Dos pares de ojos idénticos se retaron en silencio. Se inventaron historias, se batieron a duelo y cada uno se dio por vencedor de su propio relato. Quinto parpadeo del día siguiente. Su mirada se ha vuelto impaciente. Todo es brevedad.

30 julio, 2012

Inicio

Con un toque de gracia abrió los ojos. No lo había pensado simplemente sucedió. Miró miles de cosas y probablemente escuchó el infinito. La delicia del paisaje y acontecimientos que sucedían uno tras otro. Un cúmulo de arte y experiencias nuevas. También lo sobrecogieron la vasta inmensidad de terrores, la aparente incompatibilidad de sucesos que corrompían la belleza que admiraba. De forma fugaz apagó sus párpados. El resentimiento alcanzó su ser, su humanidad, el miedo y otras cosas que no tenían explicación. La rueda del mundo era cruel pero entreveía miles de otras posibilidades, era todo parte de un juego continuo. Todo fue llanto. Al final simplemente nació.

27 julio, 2012

Hermandad

En vista de las constantes interrupciones que podría recibir al contar una historia tan breve, o quizá más que un relato, un pequeño fragmento de vidas ante un grupo de personas que me escucharían; es que me limito a escribir lo siguiente con la fina y audaz intención que quien pretenda conmoverse se sienta en la intimidad necesaria e inequívoca de su mente, sin que tenga la necesidad de demostrar hacia los demás sus sentimientos o demás prerrogativas del espíritu.
Era el punto medio de aquella guerra, que luego sería considerada como la gran guerra de la era moderna. Ambas fuerzas disputaban cada territorio con ferocidad. Nuestra compañía atacaba de forma constante a los que llamabamos el enemigo. Tratábamos de resquebrajar su espíritu y terminar de congelarlo con ayuda de las nevadas que golpeaban nuestros cascos y dificultaban la tarea de mantener los pies secos en las trincheras. El día que nos atacaron, fue devastador. El valor que irradiaban aquellos ojos nos hacía dudar del nuestro. Avanzaban de manera implacable, hasta que una bala dio en el cuello de unos de mis compañeros. La orden de replegarnos apremiaba, pero al no poder cargar a nuestro compañero herido, otro soldado se devolvió a sostenerle la cabeza. Con una expresión en sus ojos que denotaba terror pero comprensión, me indicó que me marchara. Al acercarse los soldados que nos hacían retroceder, y en el breve momento que me hizo contemplar aquella escena de dos jóvenes, uno sosteniendo la cabeza de otro mientras este último se desangraba, alcancé a escuchar que el hombre ileso me decía: - Tranquilo, sé que se acercan quienes pudieron ser amigos o hermanos nuestros, aunque probablemente ya sea muy tarde para pensar eso y no nos reconozcan como tales.