Aquella mañana Ramírez se despertó embargado por un sentimiento resoluto. Por un momento le fue difícil creer lo que estaba a punto de hacer. Prueba de ello es que por poco da marcha atrás a la postura recién adoptada. Sin embargo tras una riña con el espejo se dijo que aquello era definitivamente lo mejor y no iba a dejar pasar la oportunidad de tener la última palabra sobre el asunto. Rebuscó entre sus papeles y encontró el número telefónico de Anastacia. El tono de espera del teléfono unicamente sirvió para acrecentar sus pulsaciones cardíacas. Realmente no podía creer que luego de veinte años, había dejado de lado el amor platónico sentido hacia Anastacia, y ahora estaba a punto de decírselo. Era el momento de acabar con aquel aire de arrogancia con el que ella lo había tratado producto de la develación de sus sentimientos. Finalmente del otro lado del teléfono despertó una joven voz. Ramírez se limitó a preguntar con un marcado acento cobarde por su ahora ex amor. Vaya golpe el recibido cuando la joven y amable voz le anunció que Anastacia -quién era su madre- había muerto dos días atrás. Ramírez colgó el teléfono. Perplejo y con una rabia creciente, no podía creer que ella hubiera muerto pensando que él nunca la pudo superar. Que momento más inoportuno para morirse. De ahí.


