Entre dos ascensores que no saben de amores. Uno que espera impaciente y el otro que no tiene prisa. Con mundos que suben y que bajan, que cambian de estaciones, que no anestecian pasiones. Perfumes que no se olvidan y que sufren de claustrofobia. Con su permiso al cuarto que si no aviso me bajo en su sexto, que para alcanzarla todavía falta prisa mientras a su otro lado sobra desespero. En la agonía de locuras, la saliva se comparte por esas aberturas que no hacen caso a un sin sentido mundo que restringe el contacto por miedo a contagiarse de humanidad: que si inventan epidemias para distraernos, nos inventaremos coraje para tocarnos. Y poco a poco me hago viejo sin calendarios en el bolsillo pero con barbas urbanas de damas que suman canas. Con ideas tan huérfanas que acumulan páginas independientes como la vida de los amantes, se gastan los cimientos de grafito evaporados por los cigarrillos de lunas en anticipo. Tramposo el puto tiempo que solo de números entiende, en especial cuando hay que ser eterno para saborear el contrabando de sudor que dejan unos muslos cuando abren paso a las bragas negras que descienden hasta el sótano de los pies, y sin más, deletrean el color de la imaginación con las caras que no se puede disimular. Siéntate en el colchón, lléname de alcanfor y préndeme la llama diosa de la inspiración. Que ahora los peregrinajes naufragan en las estrellas llenas como ojos, brillantes de sirenas que no creen en puertos, de poetas carentes de ideas camaleón; de ganas que suben y de escritos que bajan. Con la anacronía a un costado y la ninfomanía al otro, es una osadía buscar al amor en rebaja mientras a las huellas se las lleva la mar. Que a la soledad todavía no se le acaban las botellas pero se sigue muriendo de sed; mientras al desvarío asesino lo mantienen las musas en vilo.


